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  • ¡A por Setas!

    La búsqueda en el monte

    El frío de la mañana todavía colgaba entre los robles cuando Andrés aparcó la furgoneta en el camino de tierra. Eran las siete y cuarto. El cielo, de un gris pálido que prometía humedad sin llover, era exactamente el que le gustaba para estas salidas.

    Se calzó las botas de goma, metió la navaja en el bolsillo del anorak y cogió el cesto de mimbre, ese que había sido de su padre y que olía todavía, si uno lo acercaba bien a la nariz, a tierra mojada y a años.

    El monte estaba callado. Solo el crujido de las hojas bajo sus pies y, de vez en cuando, el aviso nervioso de algún petirrojo desde una rama. Andrés caminaba despacio, con los ojos bajos, leyendo el suelo como quien lee un periódico conocido. Sabía que las Boletus aparecían donde el terreno cambiaba, donde la sombra de los pinos empezaba a ceder al claro. Sabía también que nadie encontraba setas mirando hacia arriba.

    Llevaba casi una hora sin ver nada útil —solo algún Lactarius ya pasado y una Amanita muscaria de rojo encendido que era bonita pero que allí se quedaba— cuando lo vio. Medio escondido bajo un helecho, con el sombrero castaño y brillante todavía húmedo del rocío, un Boletus edulis de tamaño respetable. Lo rodeó despacio antes de agacharse, casi con ceremonia. Lo cortó desde la base con cuidado, limpió la tierra del pie con un trapo y lo depositó en el cesto boca abajo.

    Encontró cuatro más en la siguiente media hora. El último, escondido en la raíz de un roble viejo, era tan grande que casi no cabía en la palma de la mano.

    De vuelta en la furgoneta, con el cesto en el asiento del copiloto, Andrés arrancó el motor y encendió la radio. Pensó en la tortilla que haría esa noche, en el ajo y el perejil, en abrir una botella que mereciera la pena.

    Afuera, el monte seguía callado, guardando lo que no había encontrado.